Lógicamente, los ingenieros de Peugeot trabajaron en el chasis para lograr un tacto más deportivo. De este modo, la suspensión delantera era un 9% más rígida, mientras que en la trasera, ese porcentaje se incrementaba nada menos que hasta el 22%. Asimismo, las barras estabilizadoras ganaban un milímetro de anchura en cada tren. 

El resultado fue un coche con una suficiente dosis de confort para largos viajes y un tacto muy neutro en curvas, según los expertos de la época. Como punto negativo, los frenos mostraban algo de fatiga en un uso intenso, a pesar de montar cuatro discos. Por cierto, el ABS formaba parte del equipamiento de serie.